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​escrituras de Don Felipe
EL ENOJO JUSTIFICADO                                Por Felipe Güereña A.

No hay tal tontería como el enojo justificado en la Biblia.  Esta declaración probablemente fue un invento de los cristianos enojones que les hace falta dominio propio y capacidad para perdonar.  Si podemos atacar a nuestros amigos y enemigos con odio y condenación, entonces ¿dónde queda la enseñanza de Cristo de dar la otra mejilla? 
Leemos en San Juan, capítulo 3, versículo 17 que Cristo vino a salvar al mundo y no para condenarlo. Hay veces que nos enfurecemos sin freno con amigos y nos defendemos diciendo que nuestro enojo es justificado. 
El enojo justificado se expresa libremente cuando la situación lo requiere y lo hacemos sin ninguna vergüenza. Se puede dar al que sea, cuando sea y cuando se quiera (pero  nunca al patrón o al jefe, si no somos tan tontos).  Cuando damos estos golpes verbales, condenamos,  insultamos y menospreciamos al que sea, porque bien se lo merecen. Cuando la realidad es que, justificar el enojo es un pretexto miserable para dañar a nuestra victima con nuestra furia descontrolada. La persona que así lo hace, se pone como juez, ya que sabe cuándo dar latigazos con sus palabras penetrantes. ¡Hay de los que son dignos de las crueles ofensas del iracundo!   
Cuando nos enojamos, primero tenemos que observar porque fácilmente brota la ira en nuestra mente. Normalmente  sucede cuando hay un desacuerdo tal, que se tiene que defender a toda costa, supuestamente. Nunca queremos que nos contradigan, sobre todo en asuntos importantes. Definitivamente, es una locura necia que tengamos que defender nuestras emociones con palabras agresivas.  El enojo abre las puertas para el divorcio entre las parejas, entre naciones lleva a la guerra.  Las iglesias se dividen a la ligera y hace que los muy buenos amigos, se conviertan en muy buenos enemigos.  
Muchos cristianos alegan que ellos cuando se enojan, solamente y con toda dignidad, siguen el ejemplo de Jesucristo cuando limpió el templo en la pascua de acuerdo al relato de los evangelios.  
Su justificación –dicen- es que Cristo hizo una guerra abierta cuando limpió el templo con enojo justificado. Pero esto no es cierto y nunca fue así. La biblia dice que los necios dan rienda suelta a toda su ira, pero los sabios saben controlarse (ver Proverbios 29:11). Si el Señor Jesús hubiera hecho lo que suponen que hizo, entonces él hubiera causado mucho daño y destrucción a la gente y los bienes de los cambistas ese día. No podría haberse soltado libremente al ganado en ese espacio muy apretado. Se tiene que saber que las ovejas y el ganado no se pueden arrear juntos, porque el ganado puede aplastar y matar a los borregos y cualquier cosa que se ponga en su camino.  
El Señor derramó las monedas. No las regó para que cada quien tomara las que quisiera. No hubo ninguna persona herida ni ninguna moneda perdida. Jesucristo nunca fue acusado de ningún crimen.  
Solamente  encontramos un lugar en toda la biblia que dice que Cristo se enojó. Ver evangelio de San Marcos, capítulo 3, versículo 5: “Entonces, mirándolos  alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo la hombre: extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana.” ¡Vean qué pocas palabras dijo Jesús en su enojo!, fueron menos de cinco. Sin embargo se señala que él Maestro se puso muy triste por la necedad de los corazones de la gente.  En su enojo, sus palabras fueron amables, sanadoras, consoladoras, alentadoras, compasivas, misericordiosas, positivas y muy bien recibidas. 
¡Este es el enojo de Jesucristo que quisiéramos seguir y no el mal entendido de la limpieza del templo! Jesucristo nunca fue descontrolado en sus emociones ni en sus dichos, siempre lo dominaba el amor y el perdón.  Ahora si nosotros seguimos su ejemplo, podemos declarar nuestras opiniones y convicciones con misericordia y compasión, ya no tenemos que responder con odio ni con fuego para lastimar y destruir.   
Hay muchos puntos de vista que son distintos a los nuestros y otras tantas personas que no piensan igual que nosotros. Cuando no toleramos a algunos, damos el mensaje de ser malos cristianos, tercos y necios. La pauta que damos es si no piensan igual que yo, vamos a ser enemigos: tendrás que ser igual que yo, o si no, ¡lárgate!  
Por supuesto que sí hay reglas y mandamientos que se establecen para guiarnos.  Pero aun así hay que tener mucho cuidado de “no tirar el agua sucia donde se bañó al niño, con todo y niño”.  Solamente Dios  puede dar mandamientos perfectos para guiarnos. Claro, se pueden rechazar según el gusto de cada uno, pero habrá consecuencias con el Divino. Yo he decidido hacerle caso a Él y les invito a que ustedes hagan lo mismo.  
 
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