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MISERABLE DE MÍ                                              Por Felipe Güereña  A.

Miserable de mí, dijo el apóstol San Pablo de la biblia cuando luchaba contra el pecado.  Cuando se sintió vencido, exclamó en agonía y llegó a esa conclusión: “¡miserable de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”. Pablo encontró victoria sobre su mal caminando en el espíritu de Dios y no en la carne.  Cualquiera que se enfrente con las mismas dificultades, probablemente llegará a la misma respuesta.

Antes de seguir adelante, hay que reconocer que la Ley del Señor es perfecta y es muy buena meta para todos, a pesar de todas nuestras impresiones.  “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; que hace sabio al sencillo”, dice Salmo 19:7. Reflexionar en la Palabra de Dios, humillará a quien sea, si se busca la verdad. Ver qué tan lejos estamos de la perfecta guía de Dios, nos puede hacer avergonzar y confesar que somos indignos de Su amor.  

Recuerdo de mi propia vida con mi enojo arrogante. Por poco destruí mi matrimonio, mis hijos, y cualquiera otro cercano a mí.  Hubiera conocido esto mucho antes, porque fui graduado del Instituto Bíblico de Los Ángeles. y de Seminario. Pero, traje rencor a mi matrimonio, pues yo lo arrastré de mis generaciones anteriores.  Me convencí que el enojo y la explosión iracunda era normal. ¡Miserable de mí! tuve que gritar al fin. Aprovechando mis estudios bíblicos, hice un estudio profundo del tema de la ira. ¡Qué sorpresa fue descubrir  tantas enseñanzas, e instrucciones sobre el tema! No solamente fue bien para mi ser, sino que tuve que compartirlo con otros. Ofrecí seminarios sobre la conquista del enojo, tanto en inglés, como en español. No fue bien recibido.  Muchos se avergonzaban y no les gustaba admitir que tenían problemas con el enojo. Esto fue cierto sobre todo con las personas de habla inglesa.

Quizás hubiera llamado al curso: El gozo de controlar todas mis emociones; en lugar de sólo conquistar el enojo.  Porque hubiéramos llegado al lugar del apóstol, quien confesó su fracaso y pronto encontró la victoria. En diferentes circunstancias debe utilizarse esta frase apostólica.  Si se encuentra pecado esclavizante en nuestras vidas, hay que reconocer nuestra miseria, huir de la tentación y de los desvíos del buen camino. Que no haya malos deseos y pensamientos en nuestros labios y corazón.  

Recuerdo una ocasión cuando estuve dando conferencias sobre discipulado en un semanario hispano.  Compartí del gozo victorioso sobre la ira. Un miembro de la facultad estuvo presente para ver si yo predicaba la teología correcta.  Confesé la ira que me dominaba y cuán erróneamente lo disculpaba porque lo consideré normal. Reconociendo el mal y la destrucción que regaba a mí paso, tuve que dejarlo.  Por fin grité: miserable de mí; me humillé ante Dios y ante mi maldición, sabiendo todo el mal que hacía y decía. El profesor del seminario se levantó en medio de la clase y comenzó a proclamar: ¡miserable de mí, miserable de mí! Lo hizo en alta voz y lo repitió varias veces. Salió del cuarto con tristeza y gozo. Supongo que él había hecho mucho daño con su ira. Pero finalmente, él vio la luz y salió de la oscuridad.

El pecado y los malos pensamientos engañan y destruyen. Humillarse es necesario para cualquier persona que desea lo correcto y el bien.  El orgullo y la arrogancia se tienen que eliminar. El pecado se deshace, o sino no el pecado nos dehace y nos destruye sin piedad. Dos de los apóstoles de Jesucristo fueron llamados hijos de trueno. Porque ellos fácilmente lanzaban su ira en distintas circunstancias.  Fue Jesús mismo quien les dio ese nombre. A pesar de ver los milagros de Jesús y escuchar sus enseñanzas de amor y perdón eran hijos de trueno. San Juan Apóstol fue uno de ellos. Dios trabajó con él porque después fue conocido como el apóstol del amor.

“Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Oh Jehová, roca mía y redentor mío.” Salmo 19:14                 


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