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TENGO QUE AMAR A MIS HIJOS            Por  Felipe Güereña  A.

Los hijos se dieron para que fueran joyas y alegría en nuestros hogares. Los hijos son regalos preciosos de Dios para la humanidad.   “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre”. Cita en el libro de los Salmos, capítulo 127, verso 3.
Algunos piensan que con la vara del castigo es la mejor manera de criar  a los hijos. Sí, debe haber disciplina pero no se tiene que dar a golpes. Sobre todo en toda disciplina, debe predominar el amor.  Las palabras y los hechos son muy buenos ejemplos.   Que nuestras palabras siempre sean amables, suaves y animadoras.  “Con misericordia y verdad se corrige el pecado, y con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal.”  Se aconseja en el libro de  Proverbios, capítulo 16, verso 6.

El amor tiene que dominar sobre toda disciplina para que los hijos entiendan que no importa qué, son muy apreciados y muy amados. La corrección se debe hacer poniendo la misericordia, antes que la verdad.  Si la verdad va por adelante sin haber clemencia, será muy difícil de soportar. Podría dar un mensaje de odio y rechazo… las palabras “nunca me contradigas”, “eres malo” y “no te quiero” nunca deben salir de nuestra boca.  Por esta razón los dos padres, el padre y la madre, deben estar de acuerdo en las metas y la disciplina para con los hijos.  “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten”, se nos instruye en el libro de los  Colosenses, capítulo  3, verso 21.
Algunas maneras de comunicar amor y aceptación es pasar tiempo con los hijos.  Un tiempo familiar todos los días -si es posible-, puede ser tiempo de instrucción y de alegría.   Leyendo muy buenos libros y la biblia en estas ocasiones, será algo muy especial.   En las edades pre-coloniales, mucho antes del radio y la televisión, las personas se juntaban para escuchar la lectura en voz alta; podrían ser novelas, poemas o historias de aventuras. Se dice que cuando Cristóbal Colón viajó en mar hacia América, uno de los tiempos más especiales de su tripulación eran  los momentos cuando se leían en voz alta  las aventuras de  Amadís de  Gaula. 

Ésta excelente costumbre familiar se ha destruido por la televisión, pero no para todos.   La lectura sigue siendo una muy sana costumbre.  También juegos de mesa se pueden gozar para todas las edades y son tiempos de gran alegría para la familia.  Así como asistir a la iglesia juntos, es un tiempo de estar en acuerdo como familia. 

Queremos lo mejor para nuestros hijos y esperamos que sean mejores que nosotros. Leer la biblia y enseñarles el temor a Dios les ayuda a seguir los Diez Mandamientos y a vivir con sabiduría. Todas las lecciones que aprendan de su casa son muy importantes.  Lamentablemente, también se puede guiar con malos ejemplos del mismo hogar. Si somos rebeldes y necios, como padres,  fácilmente los hijos serán así.  
Conocí a un dentista que era dentista igual que su padre y abuelito.  De sus antepasados él aprendió y se hizo un profesionista productivo al cuidado de la salud del prójimo. Ese dentista es un buen ejemplo de padres que guían bien a su hijo. 

Job, del libro de la biblia, oraba por sus hijos todos los días. Que ese sea nuestro deber también. Si  a usted le ha faltado alguna de estas guías positivas en su familia, hay esperanzas. Comience, como padre, sus propias influencias familiares positivas y deje atrás cualquiera influencia negativa que haya tenido. Los padres rebeldes son muy peligrosos para los hijos y nietos.  Ellos, probablemente, harán lo mismo y aún peor, Leer libro de Proverbios, capítulo 17, verso 11.

Por la gracia de Dios, muchos de nosotros tuvimos que evitar las corrientes negativas de nuestro pasado; y comenzar de nuevo,  siendo fieles ejemplos para nuestras familias.  En la biblia, Dios dice que él nos conoció antes que naciéramos. Él quiere lo mejor para nosotros y nos dio el mejor ejemplo para guiarnos- Jesucristo,  el Hijo del mismo Dios. “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca”. Ver el libro de  I Pedro, capítulo 2, versos 21 y 22.
  
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